Mi hija anda siempre de arriba para abajo, de aquí para allá, traginando libros que están afectados, viejos. Algunos parecen algo cansados. Siempre con los bordes gastados. Manoseados por muchas personas que los han maltratado o cuidado, según. Los humanos hacemos con ellos lo mismo que con los animales de compañía, igual. Me gusta zambullirme en esos libros que me trae mi hija porque en ellos aún se huelen las sonrisas y los llantos que a otros, antes, les provocó.
Ella despertó en mí el gusto por la segunda o tercera mano, por la nueva y última oportunidad; por la esperanza de encontrarme en su lectura, sorpresivamente, una anotación a lápiz, marginada entre unos párrafos escondidos, realizada por algún lector anónimo, vete a saber cuánto tiempo atrás; quizás queriéndo mandarme un mensaje, que he de tratar de descifrar.

Fotografía por Romana Klee, bajo licencia CC BY SA 2.0. (Imagen de cabecera de la Entrada detalle de Pezibear en Pixabay)
