Leo estos días «Historias de cronopios y de famas» de Cortazar. Veo que tienes que estar prevenido para hacerlo. Me lo habían advertido. Te puedes encontrar cualquier cosa en cada uno de los cuentos o historias que contiene. Te pueden gustar más o menos, pero en cualquier caso, está asegurada la sorpresa.
Ya me he tropezado con alguna joya, como la breve Trabajos de oficina, en la que una secretaria ficticia, burócrata, arrastra al narrador a comportarse disciplinariamente con las palabras. Define, con originalidad y belleza, en qué consiste esto de la literatura, la lucha sin cuartel que tiene el escritor contra si mismo y contra la aburrida literalidad de las palabras. También sobre el riesgo que implica siempre la creación: no saber si se ha quedado corto o se ha pasado.
Si se me viene a la boca un adjetivo prescindible —porque todos ellos nacen fuera de la órbita de mi secretaria, y en cierto modo de mí mismo—, ya está ella lápiz en mano atrapándolo y matándolo sin darle tiempo a soldarse al resto de la frase y sobrevivir por descuido o costumbre. Si la dejara, si en este mismo instante la dejara, tiraría estas hojas al canasto, enfurecida
Cuento sin moraleja, es otro exquisito relato, donde un hombre dedicado a vender gritos y palabras no tuvo otra idea que negociar con el tirano de turno, ofreciendole sus servicios para venderle sus últimas palabras. No deja nadie en pie Cortazar. Quizás no haya leído nunca algo con una moraleja tan contudente sobre la futilidad de los humanos y su condición, sea cual sea, también de la fuerza de la palabra, de su perdurabiliad y eternidad.
Y se fueron pudriendo todos, el tiranuelo, el hombre y los generales y secretarios, pero los gritos resonaban de cuando en cuando en las esquinas.

