Policías al servicio de los niños

elpais.com

Madrid – 14/12/2010

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REPORTAJE: EL JEFE DE TODO ESTO – Javier Fernández, responsable de los agentes tutores

180 guardias municipales vigilan desde la prostitución a los riesgos en Internet

Sergio C. Fanjul.- Mendicidad, desamparo, prostitución, absentismo y acoso escolar, consumo de drogas o explotación laboral son algunos de los peligros que acechan a los menores en Madrid. Los agentes tutores de la Policía Municipal tratan de evitar que los más vulnerables sean víctima de ellos. Javier Fernández (Madrid, 1964) es el oficial que se dedica a coordinar esta red que trabaja por todos los distritos de la ciudad. En su sobrio y amplio despacho hay un gran plano del Madrid de los años setenta plagado de chinchetas de colores, diversas condecoraciones y, curiosamente, un gran dinosaurio verde de peluche encima de una estantería.

«Es un servicio específico de Policía Municipal, con una filosofía de contacto directo con el ciudadano. Intentamos llevar a los agentes hasta el entorno donde está el menor: la escuela, donde damos charlas, y el espacio público que lo circunda, los lugares de ocio juvenil (bares, etcétera) y también las familias», explica. El servicio se creó en 2002 vinculado a los problemas en la escuela de la mano del ahora subinspector Óscar de Santos. Cosechó gran éxito y desde entonces no ha parado de crecer. Son unos 180 agentes. «Aun así, a veces nos vemos desbordados».

He aquí algunas muestras de su trabajo:

– Padres drogodependientes. «Era un caso en el que tenían a sus hijos en un estado lamentable. Si subsistían con un mínimo de decencia era por los abuelos. Se hizo un informe, se trabajó con los servicios sociales y se retiró la tutela. Hay chavales que lo agradecen, ven un entorno quizás con malos tratos y comprenden que eso no es bueno, sobre todo cuando ya tienen cierta madurez. Para otros su madre es su madre y, pase lo que pase, no quieren que le aparten de ella. Es un trabajo duro».

– Denuncia anónima. «Nos alertó sobre una clínica que podría estar practicando ablaciones. No era tal, pero sí funcionaba de manera irregular, sin papeles, sin el personal adecuado ni las condiciones sanitarias, y muy enfocada a menores musulmanes principalmente de origen subsahariano, para realizar circuncisiones. Algo ilícito con riesgo para los menores. Conseguimos cerrarla».

– Niños mendigos. «Detectamos niños rumanos por el centro que, de manera organizada, pedían con cualquier excusa. Decían que era para una asociación, ofrecían pañuelos, limpiaban cristales… Si no conseguían una dádiva, cometían algún tipo de hurto: uno te distrae, otro te quita algo en el cajero o del bolso. Y lo hacían con entrenamiento: trabajando en equipo, muchas veces en horario escolar. Investigamos y dimos con la familia, que era una familia normal, con un piso en alquiler, con más de un coche a su nombre, incluso comían de restaurante. Y no trabajaban. La ecuación es sencilla: vivían de lo que ganaban con sus hijos. Tenían un negocio montado: los sacaban a ciertas horas, los colocaban en el metro, les daban un plano con zonas a cubrir, fotocopias de una supuesta organización de sordomudos para recaudar. Recogimos a los menores en centros de acogida y actuamos judicialmente contra los padres. Ahí acaba nuestro trabajo».

Por intervenciones como estas recientemente han recibido el Premio Educación en los Valores de Unicef España «por el servicio que prestan a la seguridad y a la defensa de los derechos del menor». «Uno está acostumbrado a que los premios nos los demos entre policías, medallas y demás. Que una organización tan prestigiada como Unicef te premie es un orgullo y da mucha luz a nuestro trabajo, que muchas veces es muy callado», dice Fernández, que lleva dos años al frente del servicio y 26 en el cuerpo.

A este oficial, licenciado en Derecho, se le ve apasionado con su tarea: «En un 90% de los casos los menores no vuelven a reincidir, es un trabajo agradecido». Es padre de dos hijas de 11 y 16 años. «Supongo que tengo los mismos problemas que cualquier padre. Mi madre siempre decía que yo era muy travieso. Ahora lo sufro con mis hijas», bromea. «Muchas veces, en casa de herrero, cuchillo de palo. Aquí siempre decimos que tenemos que dar charlas en los colegios sobre los riesgos de Internet, que me preocupa mucho, y luego llego a casa y me doy cuenta de que no he hablado en profundidad del asunto con mis hijas. Entonces hay un día que nos sentamos y hablamos. Son problemas que pueden afectar a cualquier familia: hay que estar vigilante».

Los agentes tutores eligen voluntariamente hacer este trabajo, explica. «Temas como los menores o la violencia doméstica son muy delicados y queman mucho. Los policías reciben pautas psicológicas, sociológicas sobre intervención con menores, técnicas de entrevista, etcétera. No se aborda igual el trato con menores que con adultos, hay que cuidar las formas, las expresiones. La corrección es una regla general en la Policía, pero con los menores en mayor medida. No podemos ir como un ejemplo a las escuelas a dar una charla y que nos vean en cuanto salimos diciendo tacos o tratando mal a la gente, sería demoledor».

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